sábado, 5 de mayo de 2007

Entre "pingüino o pingüina", el lobby israelita prefiere que sea pingüina

editoriales

 

INFLUENCIA DEL LOBBY ISRAELITA DE ARGENTINA Y EE UU

Entre "pingüino o pingüina",

el lobby israelita prefiere

que sea pingüina

 

Cristina de Kirchner viajó a Washington para hablar en la cena de gala del Congreso Judío Americano. De ese modo reforzó su ya estrecha relación con el lobby israelita, que la prefiere como candidata presidencial.

EMILIO MARÍN

 

"Será pingüino o pingüina" suele arengar Néstor Kirchner, en referencia a quién será el candidato del Frente para la Victoria de cara al 28 de octubre. Hay gente a la que no le da lo mismo el sexo de esa simpática especie. Son las y los integrantes del lobby judío de Argentina, Venezuela, Estados Unidos y el propio Israel, donde la Primera Dama tiene electores de gran capacidad financiera, política y mediática. Ellos quieren sufragar y con voto calificado.

La historia de esa preferencia está a la vista. En 2005 la senadora visitó Israel, recibió distinciones de una Universidad y se reunió con las principales figuras del gobierno. Entre éstas con el presidente Moshe Katzav, el canciller Sylvan Shalom, el primer ministro Ariel Sharon y el ministro de Comercio Ehud Olmert. El prestigio internacional de éstos, ya en ese momento, era cero. Katzav debió  dejar el cargo posteriormente por acoso sexual, violaciones y corrupción. Olmert se bambolea al borde del precipicio por la guerra perdida en El Líbano. Además, está imputado en varias causas por corrupción, una de ellas por favorecer a amigos en la privatización del tercer banco de su país. Sharon, genocida en El Líbano ya en 1982 (masacres de Sabra y Shatila), duerme el sueño de los justos tras una operación cerebral. De lo contrario estaría en la lona pues junto con dos de sus hijos fue objeto de frondosas denuncias por corrupción, tráfico de influencias y coimas varias.

En fin, la viajera Cristina se reunió con esa clase política que los israelitas repudian como símbolo de la corrupción. Y se prosternó ante esos dirigentes, aceptando su chantaje de que Argentina no abriera un consulado en Ramallah, en jurisdicción palestina. "Comprendemos sus razones", musitó obediente CFK. Fue un signo de la dependencia política que habitualmente se tiene con Washington pero no con Tel Aviv.

De regreso, la senadora fue habitue de las reuniones de la Daia y Amia. También, invitada de honor de la embajada y de la Cámara de Comercio Argentino-Israelí piloteada por Miguel Kiguel (Banco Hipotecario), Eduardo Elztain (Irsa-Grupo Soros), Julio Werthein (Grupo W-Telecom), Marcelo Midlin (Edenor-Dolphin) y otros hombres de negocios rápidos como un misil. La parte israelita procura captar contratos para venta de armas, telecomunicaciones, informática, agencias de seguridad y entrenamiento policial, sistemas de riego y fertilizantes, entre otros rubros.

 

Lobby estadounidense

CFK también es rápida para los negocios políticos y sabía que la seducción al lobby israelita no debía limitarse a Tel Aviv y Jerusalén ni a sus entrevistas con la comunidad empresaria en Puerto Madero. Hacía falta afianzar esas relaciones con el lobby en Nueva York y Washington, donde atienden el dios Dinero y el dios Poder.

Hacia allá fue en setiembre de 2006, cuando su marido concurrió a la asamblea general de la ONU. Lo secundó en su visita a la Bolsa de Nueva York, donde el presidente se reunió con inversores trasnacionales y tocó la campanilla de Wall Street. Acompañada del canciller Jorge Taiana, la senadora recibió en el Hotel Four Seasons durante dos horas a una delegación del Congreso Judío Mundial (WJC según su sigla en inglés) y otras seis entidades.

El rabino Israel Singer, presidente del Comité Político del WJC, pidió a los dos argentinos que hablaran más con las entidades judías Daia y AMIA. La solicitud obedecía a que, en la versión estadounidense, sus delegaciones en Buenos Aires reportaban un incremento de supuestas actividades antisemitas. Los ejemplos eran burdos: que el grupo Quebracho no había permitido a la juventud sionista llegar hasta la embajada de Irán para acusarla de los atentados de 1992 y 1994.

Aunque en ese punto -presunto pico de actividades antisemitas- no se pusieron de acuerdo, la unidad política prevaleció en la reunión. Era setiembre de 2006. Dos meses más tarde la justicia argentina, como si  hubiera estado ese día en el Four Seasons como tercera pata de la mesa política, ordenó las capturas del ex presidente iraní Alí Rafsanjani, otros siete funcionarios iraníes y un libanés. Les imputó la responsabilidad por el atentado a la AMIA, aunque las solicitudes del fiscal Alberto Nisman y el juez Rodolfo Canicoba Corral no se basaron en pruebas concretas.

Desde ese momento, con las actuaciones antiiraníes de los tribunales de avenida Comodoro Py, se selló un acuerdo político entre el lobby israelita mundial y la senadora. Más aún, con esa movida se mejoró notablemente la relación entre el gobierno argentino y la administración Bush, afectada aún por la tirantez de la IV Cumbre de las Américas, en noviembre de 2005 en Mar del Plata.

Ahora Argentina le servía en bandeja a la Casa Blanca un justificativo para una de sus prioridades internacionales: los justificativos para atacar a Irán. George Bush podía acusar al iraní Mahmud Ahmadinejad de presidir una nación terrorista que andaba poniendo bombas a intereses judíos en Buenos Aires según acusación judicial supuestamente independiente.

Ese efecto benéfico –o maldito, según la óptica de quien juzgue- en la relación del gobierno argentino con el estadounidense, se notó enseguida. Ese mismo mes, noviembre de 2006, desembarcó en el barrio de Palermo el embajador Earl A. Wayne, que felicitó a Kirchner por su dureza contra Irán y ofreció al canciller Jorge Taiana y al ministro del Interior Aníbal Fernández amplia colaboración para la "lucha antiterrorista".

 

Injerencia en Caracas

No es bueno que la señora K incursione de ese modo en la política internacional, actuando como si fuera algo más que nuestro canciller. Ya se dijo que al aceptar la imposición israelí de que no se abriera un consulado en Ramallah, afectó la soberanía. Al fogonear la campaña contra Irán, hizo un aporte a la cruzada estadounidense contra Teherán, que puede terminar en agresión militar. Eso también es malo.

Y esa misma valoración se puede adjudicar a la injerencia de CFK en los asuntos internos de Venezuela. El 24 de marzo último ella no estuvo en el acto en "La Perla", en Córdoba. Prefirió incursionar en la política de Caracas, donde fue oradora estrella de la Confederación de Asociaciones Israelitas de Venezuela (CAIV), flanqueada por el titular Fredy Pressner y el secretario David Bachenneiner.

Se trata de feroces enemigos del gobierno de Hugo Chávez, que premiaron a la invitada "por su actuación como legisladora en el seguimiento a la investigación del atentado a la AMIA".  "Nunca olvidaré este reconocimiento de la comunidad judía venezolana", dijo la agasajada.

Esa Confederación, lo mismo que el Congreso Judío Mundial, son detractores del gobierno bolivariano. Mucho más luego que Chávez firmara acuerdos económicos y políticos con Ahmadinejad y que asistiera junto con éste a la asunción de Rafael Correa en Ecuador (Kirchner no fue a Quito para no estar cerca del persa).

Al cumplirse 15 años del atentado contra la embajada de Israel en Buenos Aires, en marzo de este año, la senadora compartió tribuna con el embajador Rafael Eldad, un defensor del exterminio de los palestinos. Allí el vicecanciller israelí Aaron Abramovitch volvió a acusar a Irán de "llevar adelante su política de terrorismo y su ideología macabra".

La última jugada de CFK fue viajar esta semana a Washington para hablar en la cena de gala del Comité Judío Americano, invitado por el presidente Robert Goodkind y su director ejecutivo David Harris. Otros comensales eran de dudosa conducta democrática como el jefe de Estado de Colombia, Alvaro Uribe, y el ex embajador estadounidense en Bagdad y actual embajador ante la ONU, Zalmay Khalilzad.

Periodistas que son parte de la oposición de derecha en Argentina, llaman la atención sobre que la esposa del presidente usaría un reloj Rolex Oyster Perpetual Datajust, con cuadrante de diamantes, que cuesta 20 mil dólares. O que tendría una cartera Jane Birkin, de 30 mil euros. Si los datos fueran exactos, la senadora sería una tilinga burguesa que se merece la correspondiente crítica. Pero llamativamente, esos medios  conservadores no dicen nada de la moda de la pareja presidencial de hacer negocios con los intereses israelitas y estadounidenses. Y eso es mucho más grave que su costosísima "biyú".