viernes, 2 de febrero de 2007

La revuelta popular libanesa contra el neoliberalismo

LIBANO

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La revuelta popular libanesa contra el neoliberalismo
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Alberto Cruz

Rebelión
30-01-2007

"Volveremos a nuestra aldea un día
y ahógate en el calor de la esperanza,
volveremos,
aunque el tiempo pasa
y las distancias crecen entre nosotros"

Sanarji'u (Volveremos)

Una canción de Fairuz se puede escuchar estas últimas semanas en Líbano.
Sanarji'u. Volveremos. Es una canción de amor y de esperanza, como casi
todas las suyas. Este pequeño país está dando una lección al mundo árabe. A
pesar de la opinión que se viene trasladando de forma machacona en
occidente, es ingenuo pensar que la crisis libanesa comenzó con la guerra
con Israel del pasado verano y que se termina con la lucha contra un
gobierno que no representa a la mayoría de la población. Hay algo más, es
también una lucha contra un gobierno abiertamente neoliberal, que sigue al
dictado las recomendaciones del Fondo Monetario Internacional y del Banco
Mundial.

Líbano es un país que no llega a los 5 millones de habitantes. Y, sin
embargo, tiene una deuda externa de 41.000 millones de dólares. La
consecuencia de una política económica especuladora impulsada por el primer
ministro Rafiq Hariri desde el fin de la guerra civil en 1990. Hariri
reconstruyó Beirut a expensas del resto del país y se centró en los sectores
de lujo, en las actividades financieras y bancarias en vez de en modernizar
sectores vitales en el país como el agrícola y la pequeña industria. Hariri
quería volver a la situación anterior a la guerra civil, a ese manido dicho
de "la Suiza de Oriente Medio", con el único objetivo de hacer de Líbano el
centro del tránsito para el dinero del petróleo de sus poderosos vecinos,
especialmente Arabia Saudí.

El Ministro de Hacienda de Hariri era Fouad Siniora, que impulsó una serie
de reformas económicas de corte abiertamente neoliberal. El programa fue
expuesto en París en el año 2002 y contó con la promesa de reformar el
sector público -sin atreverse aún a privatizarlo del todo-, pagar la deuda
externa, cortar los gastos públicos y aumentar los ingresos fiscales con la
finalidad de "balancear el presupuesto en el año 2006". Entonces, como
ahora, Siniora logró el apoyo económico de un grupo de países: 4.400
millones de dólares. Líbano sólo ha recibido de esa cantidad prometida 2.500
millones.

La corrupción lo devoraba todo y la situación no mejoraba. Siniora decidió
entonces dar otra vuelta de tuerca: en el mes de marzo de 2006 decidió
aceptar las nuevas recomendaciones del BM y del FMI y proceder a incrementar
el IVA y a privatizar los sectores de telecomunicaciones, eléctrico y la
compañía aérea Middle East Airlines (MEA).
Eso fue la gota que colmó el vaso
de la paciencia popular. No hay que perder de vista que dos tercios de la
población libanesa viven en el umbral de la pobreza y que el salario mínimo
no llega a los 250 dólares al mes (192 euros). Una situación en la que vive
la mayoría de la comunidad shií.
Según los datos que manejan los sindicatos,
el porcentaje de gente pobre en Líbano se ha incrementado un 7% en una
década: en 1995 era del 47%, en el año 2004 pasó a ser del 54%. Es por ello
que se había decidido iniciar una serie de movilizaciones que la agresión
israelí del verano paralizó y se introdujeron nuevos elementos en la
situación.

Por una parte, el gobierno de Siniora vio la ocasión perfecta para eliminar
a su principal adversario, Hizbulá
. Según la agencia palestina Ma'an,
Siniora mantuvo una reunión secreta con el primer ministro israelí, Ehud
Olmert, en el balneario egipcio de Sharm el Sheij
inmediatamente después de
que fuese aprobada la Resolución 1707 del Consejo de Seguridad de la ONU que
puso fin a la guerra (1). Según esta versión, desmentida por Siniora pero
que se viene cumpliendo a carta cabal, el gobierno libanés se comprometió a
"implantar la ley y el orden" en todo el país -en alusión al sur, zona
controlada por Hizbulá-, a desarmar al brazo armado de este movimiento
político-militar apoyándose en la presencia de tropas internacionales en esa
parte del territorio libanés y a mantener a su gobierno dentro de la órbita
pro-occidental reduciendo y eliminando la resistencia libanesa y los
movimientos nacionales de la oposición.

Hizbulá había logrado la victoria sobre los israelíes, y eso alarmaba y
mucho a los regímenes árabes más reaccionarios, especialmente a Arabia
Saudí, Egipto y Jordania, quienes desde los primeros momentos de la guerra
lanzaron duras acusaciones a Hizbulá
y sólo la admirable capacidad de lucha
y de resistencia de esta organización hizo que, a última hora, desempolvasen
viejas medidas políticas para intentar mediar y calmar a sus propios
pueblos. Según la agencia palestina, en esa reunión entre Siniora y Olmert
también estuvieron representantes egipcios y saudíes.

Privatización del sector público

Por otra parte, Siniora encontraba la excusa perfecta para acelerar su plan
de privatizaciones alegando que la destrucción causada por los israelíes
hacía imprescindible este tipo de medidas económicas para sacar al país de
la ruina. La prensa libanesa informaba al detalle de este plan y decía que
"el impacto de las medidas [sobre la población] ha sido evaluado en un
panorama a medio plazo por el FMI" (2).

Los empresarios rápidamente se sumaron a esta propuesta y fueron algo más
lejos: plantearon al gobierno la necesidad de ampliar la jornada laboral a
36 horas para los funcionarios; de privatizar la compañía nacional de
electricidad, Electricite du Liban; la compañía aérea MEA, la gerencia del
aeropuerto internacional Rafiq Hariri de Beirut, y los sistemas de agua y
depuración de aguas residuales (3), entre otras cuestiones.

Este era el ambiente previo a las importantes manifestaciones populares que
se vieron en Líbano a lo largo de todo el mes de diciembre (4). Hizbulá
hacía valer su poder y establecía una serie de alianzas con otras fuerzas
políticas: el Movimiento Patriótico Libre (cristiano), el Partido Comunista,
Amal (shií), nasseristas e incluso pequeñas formaciones suníes y drusas
.
Básicamente, los acuerdos se basan en un gobierno temporal de unidad
nacional que elabore una nueva ley electoral basada en la representación
proporcional; un estado secular y democrático; lucha decidida contra la
corrupción y el soborno; coexistencia pacífica para eliminar el sectarismo,
y condena de los asesinatos políticos, entre otras.

Todo ello cristalizó en impresionantes movilizaciones populares en el mes de
diciembre, como decía, y en una serie de huelgas parciales durante los
primeros días del mes de enero. El principal sindicato de Líbano, la Central
General de Trabajadores (CGT)
, que cuenta con 350.000 afiliados, impulsó la
lucha contra las medidas económicas del gobierno presentando a los
trabajadores un plan de 12 puntos entre los que los más importantes eran la
lucha contra el desempleo; impedir la fuga de cerebros y la emigración de la
juventud; aumento de las capacidades productivas del sector agrícola,
industrial y de servicios; reforzar el sistema de Seguridad Social (la
reforma del sistema de pensiones también está dentro de los planes del
gobierno de Siniora); combate contra la corrupción, el soborno y el robo
desde las instituciones públicas, y el incremento del salario mínimo hasta
asegurar que llega para la canasta básica e impedir las privatizaciones del
sector público.

Ante el autismo del gobierno, que pese a no contar con quórum para tomar
decisiones tras la dimisión de los ministros de Hizbulá, Amal y del
Movimiento Patriótico Libre decidió seguir adelante con su plan neoliberal y
presentarlo formalmente en la Conferencia de París, se convocó una huelga
general que paralizó el país el día 23 de enero de este año. La huelga hizo
mucho daño, de ahí que se desvirtuase su objetivo y los partidarios del
gobierno iniciasen una serie de enfrentamientos sectarios con los
opositores.

Sin embargo, estos enfrentamientos aunque se extendieron entre todos los
sectores, fueron especialmente graves entre los cristianos. Las Fuerzas
Libanesas de Samir Geagea arremetieron contra los militantes del MPL de
Michel Aoun. Los observadores, aunque reconocen que hubo enfrentamientos
shíes-suníes, consideran que "la guerra intercristiana ha sido probablemente
la más virulenta" de la huelga y de los días siguientes (5).

La nueva guerra fría

La situación en Líbano está pareciéndose cada vez más a un resurgimiento de
la guerra fría. La derrota de Israel, el fiasco iraquí y la consolidación de
Irán como potencia regional han provocado un realineamiento ideológico
vestido de reforzamiento religioso: suníes contra shiíes, o viceversa. Es la
nueva táctica estadounidense que sí se está mostrando eficaz y que ellos
llaman "las fronteras de la sangre".

Quien está llevando la iniciativa es Arabia Saudí y a ella se han sumado de
forma entusiasta Jordania (es muy esclarecedor el artículo aparecido en The
Daily Star el pasado 27 de enero titulado "Jordania comienza a reaccionar
siniestramente a la grieta suní-shií"), Egipto, Estados Unidos, Israel, la
Unión Europea y el gobierno de Siniora.

Es Arabia Saudí quien, en carta enviada a Bush el 18 de diciembre de 2006,
le sugirió que no se retirase de Iraq hasta el año 2008 puesto que, en caso
de hacerlo, financiaría a la guerrilla, mayoritariamente suní. Son los
saudíes quienes han sugerido a israelíes y estadounidenses que apoyen al
presidente palestino, Abbas, en detrimento del primer ministro de Hamás. Son
los saudíes quienes han advertido públicamente a Irán que "modere sus
interferencias" en Iraq (y así hay que interpretar el último movimiento de
Muqtada al Sáder volviendo a incorporarse al gobierno de Maliki y no verlo
así es no entender nada de geopolítica), en Palestina (por su anunciado
apoyo político y monetario al gobierno de Hamás) y en Líbano (6).

Y es Arabia Saudí quien más dinero a ofrecido a Líbano en la conferencia de
París. Del total de 5.850 millones de dólares apalabrados, los saudíes
aportarán 1.100 (847 millones de euros) para evitar que Hizbulá y sus
aliados derriben al gobierno de Siniora. Le han seguido los EEUU con 795
millones de dólares
. Otros, como los países europeos, faltos de una política
exterior autónoma siguen a sus mayores basados en una creencia casi mística
sobre la magia del libre mercado. Si algo está claro hoy día es el fracaso
absoluto de las políticas monetaristas y librecambistas impuestas a sangre,
y nunca mejor dicho, y fuego por el Fondo Monetario Internacional. Ese gran
cártel de las finanzas en manos de los Estados Unidos para influenciar en
las políticas económicas, a costa de las políticas sociales, de los países
del denominado Tercer Mundo y dictar a estos gobiernos soberanos qué es lo
que tienen que hacer, qué decir y cómo comportarse. Un FMI y un BM que
también han decidido contribuir en esa conferencia de donantes de París III
con casi 200 millones de dólares. Para los participantes en esta conferencia
no existe el hambre, la miseria, la marginalidad. Sólo una espuria
pretensión por parte de una organización "terrorista" de tumbar a un
gobierno "legítimo" al que hay que apoyar a costa de cualquier cosa.

Con este dinero se intenta comprar tiempo, que no paz. Y más cuando el
gobierno Bush acaba de dar carta blanca a la CIA para que actúe contra
Hizbulá (7) y a otras agencias de inteligencia para que financien a los
grupos anti-Hizbulá.
Mucho tendrán que aportar para que la rebelión de los
pobres libaneses contra el neoliberalismo se termine. Como alguien ha
escrito con una clara carga poética, a lo que estamos asistiendo en Líbano
es a una demostración de la fuerza de los débiles.

(1) Ma'an, 21 de diciembre de 2006.

(2) The Daily Star, 27 de diciembre de 2006.

(3) Ibid.

(4) Alberto Cruz, "Hizbulá lee a Gramsci"
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=43303

(5) Al Ahram, 25-31 de enero de 2007.

(6) Al Jazeera, 27 de enero de 2007.

(7) The Telegraph, 23 de diciembre de 2006.

albercruz@eresmas.com