sábado, 29 de septiembre de 2018

La ruptura con el cosmos ‎

La ruptura con el cosmos ‎
Por Agustín López Tobajas

Occidente es, sencillamente, una anomalía en el orden del cosmos. ‎
RENË GUÉNON ‎

La experiencia de un cosmos radicalmente desacralizado es un hecho relativamente reciente. Para las ‎culturas tradicionales (prácticamente todas a excepción de la que impera en Occidente desde el ‎Renacimiento y del ensayo que supuso la última fase del clasicismo grecolatino), la naturaleza nunca ‎fue algo exclusivamente físico, pues siempre estuvo investida de un valor trascendente.

Puesto que el cosmos era una creación, emanación o manifestación divina, el mundo todo estaba ‎impregnado de sacralizad y siempre conservó, a los ojos del hombre tradicional, una incuestionable ‎transparencia metafísica; como afirma Mircea Eliade, la propia estructura del mundo y los fenómenos ‎cósmicos expresaba, en las sociedades llamadas “primitivas”, las distintas modalidades de lo sagrado. ‎El Cielo revelaba de forma inmediata la Trascendencia, la Eternidad, lo Absoluto; la Tierra ponía de ‎manifiesto la infinita multiplicidad y la fecundidad sin límites de la Madre Universal; los ritmos cíclicos ‎mostraban el orden y la armonía del Espíritu. El cosmos hablaba entonces directamente al hombre ‎como fuente inagotable de sentido y todos sus fenómenos estaban llenos de significado.

En los mitos, los dioses sugerían al alma la verdad profunda de su propia existencia. La actividad ‎humana era entonces un sacrificio –es decir, un “hacer sagrado”- continuado, una celebración ‎permanente. El rito no era un acto meramente piadoso, entre el temor y la rutina, sino una vía de ‎comunicación que le ponía en contacto con un nivel superior de realidad; en alguna medida, una ‎abertura objetiva en la estructura física del mundo que, a modo de vidriera luminosa en los muros del ‎templo cósmico, filtraba el paso de la luz celestial.

El carácter ritual –del que todo acto participaba en uno u otro grado- rompía la horizontalidad de la ‎sucesión temporal, que se abría en lo vertical como afloramiento del presente eterno en el tiempo. ‎La liturgia ritmaba sacralmente unos trabajos que encontraban su arquetipo y su modelo en la ‎actividad creadora del Infinito. La vida entera del hombre tradicional, en su oficio y en su medio ‎familiar, en su soledad y en sus fiestas comunales, en el sufrimiento, el juego, la ceremonia y la ‎oración, era celebración sagrada del misterio de la vida en el cosmos.

Absorto por las responsabilidades sociales, morales o históricas –las únicas que en su ceguera conoce ‎nuestra civilización- el ser humano actual es incapaz siquiera de imaginar lo que pueda significar y ‎suponer una responsabilidad en el plano cósmico. Por eso no puede comprender la experiencia del ‎hombre al que llama “primitivo” que, inteligible sólo desde su contexto cósmico y espiritual, se le ‎antoja inauténtica o infantil.

Conforme los hombres fueron manipulando y controlando las fuerzas físicas de su entorno, se les ‎fueron sustrayendo en igual medida las fuerzas sutiles y espirituales que constituían su fundamento. ‎Con el desmantelamiento del orden tradicional que supuso el final del Medioevo y su pretensión de ‎reorganizar presuntuosamente el mundo entorno a sí, el hombre moderno –el hombre ‎‎“exclusivamente humano”-, sustituye todas las medidas divinas por medidas humanas. El énfasis en el ‎desarrollo de la razón lógica frente a otras formas de conocimiento y la autonomía del individuo ‎frente a la colectividad son quizá los dos rasgos básicos que determinan la involución mental de ‎Occidente a partir del Renacimiento. Un desarrollo tan hipertrofiado como unilateral de tales ‎posibilidades ha provocado que el discurso de la razón desemboque en un positivismo contumaz, y el ‎de la libertad personal en un individualismo ególatra. El hombre se ha ido apropiando de la superficie ‎de un mundo en la misma medida en que ha renunciado a sus alturas, ha conquistado la materia a ‎expensas del Espíritu, ha querido ganar una tierra aún a costa de perder el Cielo. Ahora, la llamada –‎no sin ridícula y agresiva petulancia- “conquista del espacio” coincide de manera sólo aparentemente ‎paradójica con su desarraigo total y definitivo del cosmos.

El vínculo, actualmente perdido, con la Tierra –madre es algo más que una metáfora poética-; en la ‎raíz de la ruptura entre ser humano y cosmos se encuentra la pérdida de la conciencia de autoctonía, ‎la desaparición de la solidaridad mística con la tierra natal, que situaba al hombre en el espacio y le ‎otorgaba un lugar en el mundo; ese sentimiento de pertenecer a un pueblo y a un país –que no a una ‎nación, y que nada tiene que ver con los modernos sentimientos nacionalistas-, hacía del hombre un ‎ser centrado, es decir, unido al Centro espiritual del mundo. Sólo partir de ese punto es posible la ‎orientación, y orientarse –nos recuerda Henry Corbin- es saber en que dirección está el Oriente. Desde ‎ahí, el hombre podía discernir el levante del alma, el Oriente de las eternas luces por donde se ‎levanta el Sol del Espíritu. Convertido ahora en “ciudadano universal”, habitante de cualquier parte ‎sin raíces en ninguna, perdido el Centro, que cohesiona e integra, el ser humano, desorientado y ‎descentrado, vagabundo errático en la tierra de nadie de las ciudades, se fragmenta y se diluye en ‎una multiplicidad de opiniones, deseos, pulsiones, sentimientos y actitudes: atomizados residuos de un ‎proceso de dispersión centrífuga que ningún recogimiento viene a equilibrar.



Fijado en el espacio, en su lugar, el hombre antiguo se incorporaba a una realidad perdurable que le ‎precedía y sobrevivía, que lo prolongaba en las dos direcciones del tiempo cuantitativo, y le permitía ‎vivir su decurso como posibilidad salvífica. Mediante la integración en es realidad supraindividual ‎perdurable, en la Tradición (término que pierde todo su sentido en el contexto profano), el ser ‎humano quedaba vinculado al Origen, a la vez que proyectado hacia su reactualización escatológica al ‎Final del Tiempo; abarcaba así la totalidad de su duración histórica, con la implícita posibilidad de ‎trascenderla, de situarse en la hierohistoria, abriéndose al eterno presente, al Tiempo Magno de los ‎orígenes, imagen prístina de la eternidad.

Cortando sus raíces en la tierra y rechazando la tradición, arrancándose al cosmos y renegando del ‎cielo, el hombre moderno quiere creerse libre cuando no pasa de ser una especie de sombra en ‎suspenso, fantasmal y alucinada, que vaga sin saber quién es ni qué hace aquí, en un cosmos ‎enmudecido que no le revela ya ningún sentido. Hundido en su nequicia y en su agnosia, traduce el ‎desconcierto en agresivo espíritu de conquista: cubre la tierra con cemento, plástico y otros materiales ‎igualmente infernales, puebla de chatarra el espacio hasta donde sus posibilidades le permiten y llena ‎de números el abismo que le separa del cielo.

A milenios de distancia, el ser humano actual consuma, como en un eco amplificado, la caída ‎edénica: expulsado entonces del recinto sagrado, y desterrado hoy, pues ninguna tierra puede sentir ‎ya como suya. ¿Cómo identificarse con un paisaje rasgado y entenebrecido por el asfalto, el hormigón ‎y el hierro? Arrojado entonces a la muerte y entregado a la turbadora ambigüedad de la historia, ‎hasta de esa historia se encuentra ahora privado. Preso en el tiempo cuantitativo, reniega de un ‎pasado que cree muerto, hace del futuro la substancia virtual con que modelar sus mórbidos ensueños ‎y se debate convulso en la tarea imposible de confiscar el instante, vacío de cualquier esencia. ‎Inconsciente de la manifiesta paradoja que encierran sus palabras, el hombre moderno presume ‎gustoso de pertenecer a su tiempo. Pero “su tiempo” es el tiempo anónimo, convertido en cifra, de ‎sus relojes digitales, tiempo muerto, desposeído de toda dimensión simbólica; trasponiendo la ‎expresión platónica: imagen inerte de la fugacidad. El tiempo, en efecto, ya no le pertenece. El ‎hombre moderno ya no tiene tiempo.

Sin tiempo y sin lugar, exiliado del Origen y del Centro, su mundo –su mundo interior y, en la medida ‎en que alcanza modificarlo, también su mundo exterior- no es ya un Cosmos sino un Caos.

Fuente: "Manifiesto contra el progreso", capítulo II. Preparado por Zainab Pi para "Islam en Mar del ‎Plata"

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