martes, 29 de julio de 2014

Darse cuenta de que son niños (Tres historias)

Darse cuenta de que son niños (Tres historias)

 Publicado: 29 Julio 2014

Por Silvana Melo


     1 – Instrucciones para destruir

 (APe).- Para destruir a una niña es necesaria la mixtura de dos o tres ingredientes muy fáciles de encontrar en el mercado. La receta suele ser infalible. O casi.
Se puede, en principio, adoptar a la chiquita a los ocho o nueve años. Intentar talarle su historia para instalarle otra donde sea princesa sin pasado. Un día la nena tiene doce años. Como pueden ser once o trece. Es bonita y está aderezada de ternura. Una tarde desaparece. Entonces su nombre y su foto se viralizan por todo el país. Porque el país es largo, muy largo. Y los grandes medios no superan las fronteras de capital y conurbano aunque estén saliendo al aire en Río Turbio o en Orán.

Diecisiete horas después aparece. Se denuncia que fue secuestrada y abusada en La Cava. Una villa que también es San Isidro. Tan brutalmente desigual. El nombre de la chiquita danza con voracidad en todos los medios. Habla su padre. Habla su tía. La televisión la coloca en la mesa de todos. Y todos la devoran. Porque la conocen, conocen su nombre y su rostro. Y hasta su intimidad. La nena tiene doce años. Declara por el sistema de cámara gesell. Habla la madrastra del detenido al que se acusa de abusarla. Dice que la chiquita miente. Dice que es “una mentirosa”. Declaró en cámara gesell y todos saben lo que declaró. Y lo dicen con nombre y apellido. Y tiene doce años. Fue adoptada a los ocho. Llegó con una historia en sus espaldas, se la cercenaron y la vistieron de otra. Fue La Cava y fue San Isidro. Su nombre está en todos los medios. Que la siguen nombrando pavorosamente. Y apenas tiene doce años.

Estas instrucciones para destruir suelen tener alta eficacia.

2- Plaza palestina

La plaza era una plaza pero incierta. Como suelen ser las plazas en los campamentos de refugiados. En Gaza las plazas son plazas hasta que una bomba las convierte en escombro. Ayer la plaza fue hamacas y algarabía. Hasta que la explosión rompió todas las cosas. Rompió las hamacas y la plaza. Las hamacas y los niños. Ocho murieron así, de pronto. Como en racimos. Como mueren los chicos en Gaza. A razón de siete por día mueren. Y quedan heridos setenta. Por día (Lo dice Save The Children).

Demasiados niños no tienen una expectativa de vida mayor que los 14. No es fácil vivir en medio de la pobreza, de la falta de alimentos y de agua potable, de una violencia que cae todos los días, a cada rato, desde el cielo que alguna vez les dijeron que era piadoso. Ese lugar donde se va cuando la gente se muere y, antes, se portó bien. Pero desde el cielo de Gaza se desprende la muerte, todos los días.

Son muchos, están hacinados y nacen como semillas de esa tierra en la que quieren estar. Y que les corresponde desde la prehistoria del mundo. Por eso tal vez la diputada israelí Ayelet Shacket quisiera "matar a todas las madres de Palestina para que no nazcan más terroristas".

Hasta el mediodía de ayer eran 1260 los palestinos muertos desde la ofensiva, apenas días atrás.

El 80% son civiles

220 son niños.

3- El privilegiado

Hace doce años Julio César Grassi comenzaba a descascararse. Su fama mediática de buen cura que reclamaba a Susana Giménez por la parte de Felices los Niños en el convenio por los premios telefónicos, comenzaba a derrapar. Con una cámara a cuestas, Miriam Lewin le plantaba en las narices los testimonios de niños que, lejos de la felicidad, habían sufrido abuso sexual en su Fundación. De ahí en más pasaron siete años de debate en el que el establishment no aceptaba que el cura mediático fuera derribado, paradójicamente,

 

en cámara.

 Hasta que la Justicia lo condenó en 2009 a quince años de prisión. No era una trampa. No era una campaña sucia contra la santidad insurrecta. Pasaron cinco años más hasta que la Justicia se dignó a mandarlo a la cárcel. Hasta que la sentencia no estuviera firme, dijeron. Cuando la Corte falló no quedó más remedio. Por mucho, muchísimo menos, los anónimos no zafan de las cárceles que, por supuesto, están llenas de anónimos, muy jóvenes, muy pobres, casi analfabetos.

A los 310 días de estar en prisión, con un LED donde mira lo que tiene ganas, con cinco celulares sin límites, otra vez esa fatalidad mediática. Ahora dicen que desvía donaciones de la Fundación Felices los Niños hacia el penal de Campana, donde pasa los días aislado del resto de los presos.

Los niños perdieron la felicidad hace tiempo. Desde que los privilegiados son otros. Que nunca se ganarán el infierno o la excomunión.

Conclusiones

En la ofensiva anterior, de las miles que se desataron en más de seis décadas, Israel bombardeó 22 días a Gaza. Fernanda Sández, en La Nación, cita al cirujano argentino Carlos Trotta. Cita el recuerdo del médico de los refugiados. Cuando llegó el herido de ocho años que gritaba durante las curaciones. Decía: “¿no se dan cuenta de que soy un chico?”.

Y no. Nadie se da cuenta de que son chicos. Ni el primer ministro. Ni el drone sin tripulación que bombardea. Ni la televisión que viraliza el nombre y la foto de una nena. Que tiene doce años. Nada más que doce años. Ni el cura que disfrazó de felices a los desdichados. Ni la justicia ni el servicio penitenciario ni un sistema que lo sigue sosteniendo en el pedestal de los privilegiados.

Porque de que son chicos, nadie. Nadie se da cuenta.

 Edición: 2742

 

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