martes, 30 de abril de 2019

Médicos del Islam


Entre los siglos VIII y XII, la medicina experimentó brillantes avances en el mundo musulmán, gracias a la recuperación de la ciencia antigua y al amplio uso del árabe como lengua de cultura

130 medico1. Una cura en público
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Una cura en público

Un médico atiende a una persona herida en la espalda mientras lo contempla una multitud. Miniatura pertenecienta a
las Maqamat de al-Hariri. Siglo XIII.
BRIDGEMAN / INDEX
130 medico3. Médicos y boticarios
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Médicos y boticarios

Preparación de medicinas para un paciente que sufre viruela (derecha). Canon de Avicena. Miniatura del s. XVII.
DEA / ALBUM
130 medico5. Avicena, el sabio
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Avicena, el sabio

El grabado inferior, del siglo XIX,  muestra un retrato idealizado de Ibn Sina, Avicena. Fallecido en 1037, sus textos constituyen el armazón teórico de la medicina árabe.
BRIDGEMAN / INDEX
130 medico2. Manual para especialistas
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Manual para especialistas

Esta miniatura, en la que se aplica un cauterio para aliviar la migraña, corresponde a la copia de Cirugía de los ilkhanes, conservada en la Biblioteca Nacional de París; en Estambul se guardan otras dos copias de esta obra de Sharaf ed-Din.
BRIDGEMAN / INDEX
130 medico4. Instrumental quirúrgico
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Instrumental quirúrgico

La cirugía conoció un notable desarrollo en el mundo islámico. Abajo, instrumental dibujado en una copia manuscrita de al-Tasrif, del andalusí Abulcasis, uno de los grandes cirujanos de todos los tiempos.
AKG / ALBUM
130 medico6. Observación sobre el terreno
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Observación sobre el terreno

Arriba, el médico visita a un paciente. Miniatura de un códice del siglo XIV perteneciente a las Maqamat, de
al-Hariri. Escuela persa. Biblioteca Nacional, Viena.
BRIDGEMAN / INDEX

Médicos del Islam

En el año 958, Sancho I de León fue depuesto por nobles rebeldes, que esgrimieron como excusa para su actuación el hecho de que el monarca no podía cumplir con dignidad las funciones regias debido a su extrema gordura. Su abuela, la reina Toda de Navarra, buscó ayuda en la corte califal de Córdoba: pidió a Abderramán III cura para la obesidad mórbida de su nieto y apoyo militar para que pudiera recuperar el trono. En la capital andalusí, el médico Hasday ibn Shaprut, judío jiennense, sometió a un estricto régimen al monarca leonés y logró rebajar su peso. De este modo el soberano pudo cabalgar como era debido, y el auxilio de tropas cordobesas le permitió recuperar la corona perdida.
La anécdota ilustra el amplio y justificado reconocimiento de que gozaban los médicos de países islámicos en la Edad Media. Ibn Shaprut no era el único facultativo que sobresalía en la corte de Abderramán; en ella destacaba, por ejemplo, la sabiduría del cirujano Abul-Qasim al-Zahrawi, a quien los cristianos conocieron como Abulcasis. La excelente formación de todos estos personajes y laamplitud de los conocimientos que tenían a su disposición, y que compartían con sabios del norte de África o de los confines de Irán, se explica por la construcción de una vasta comunidad científica merced al empleo de un mismo idioma, el árabe, en los inmensos territorios unidos por la fulgurante expansión del Islam.

Las raíces más antiguas

«Haced uso de tratamientos médicos, pues Dios no ha creado enfermedad ninguna sin disponer un remedio para ella, con la excepción de una sola enfermedad, la vejez»
Antes de que el mensaje de Mahoma se extendiera más allá de la península Arábiga, los árabes ya contaban con una primera cultura médica, llamada «islámica o profética» por ser su protagonista Mahoma, el Profeta. Arcaica y piadosa, abunda en exhortaciones genéricas. Dice, por ejemplo: «Haced uso de tratamientos médicos, pues Dios no ha creado enfermedad ninguna sin disponer un remedio para ella, con la excepción de una sola enfermedad, la vejez». Muchos de sus recursos, como el uso de la miel, del aceite de oliva o de la succión con ventosas (hijama), forman parte de prácticas curativas o profilácticas –preventivas– que se remontan a la Arabia antigua y poseen rasgos babilónicos, de modo que sus raíces se extienden hasta el III milenio a.C. Todavía hoy se recurre a ellas en muchos países islámicos.
En un campo paralelo se sitúa la «interpretación de los sueños» (tabir al-anam), a los que el mismo Profeta concedía gran importancia. Ya en el siglo VIII, Ibn Sirin compuso la primera gran obra árabe en esta materia, que tenía como fuente principal la Onirocrítica del autor griego Artemidoro de Éfeso, escrita ocho siglos antes. Sin duda, la extremada atención de los árabes por la vida psicológica nace ahí. Por otra parte, el socorro a la sanación espiritual es más común de lo que se piensa. Son muchas las medicinas paracientíficas y astrológicas: en los tratados de medicina aflora a veces todo un mundo de rituales, repleto de sellos y talismanes. El Islam no lo rechaza en bloque, y la magia «blanca» es lícita dentro de ciertas normas.
Pero los límites de la medicina árabe se ampliaron infinitamente después de que, en el año 622, Mahoma proclamara su mensaje a las tribus árabes. Los califas, sus sucesores, extendieron sus dominios desde la India hasta el sur de Francia en apenas dos siglos. Las élites del Islam pronto comprendieron la importancia de adoptar los rasgos más brillantes de la cultura grecorromana, preservada en Egipto y el Oriente Próximo, y quisieron para sí todos los saberes y tecnologíasque llamaban «ciencias de los antiguos», entre las que se contaba la medicina.

La ciencia de los antiguos

Con la expansión del Islam cayeron bajo dominio musulmán las ciudades donde se cultivaba la ciencia griega que había irradiado desde el foco de Alejandría: Edesa y Nisibis, en la Siria bizantina, y Gundishapur, en la Persia sasánida. A esta última ciudad se habían dirigido los médicos griegos después de que, en el año 529, el emperador Justiniano cerrase la academia de Atenas. Y también se instalaron allí médicos cristianos de credo nestoriano, a quien los bizantinos habían expulsado de Edesa porque su fe era contraria a la ortodoxia religiosa.
La ciencia griega preservada en esos territorios se convirtió en la base para el desarrollo de la medicina árabe, gracias a la labor de médicos políglotas que, entre los siglos IX y X, ejercieron como maestros y traductores. Entre ellos figuran Yuhanna ibn Masawaih, conocido en Occidente como Ioannis Mesuae, nacido en el seno de una cultivada familia de Gundishapur, y su discípulo Hunayn ibn Ishaq, llamado Iohannitius en latín, responsable de unas cincuenta traducciones de gran calidad. Ambos eran cristianos nestorianos, comunidad de habla siríaca cuya lengua era muy parecida al árabe, lo que facilitaba la traducción de textos griegos.
Médicos de distintas creencias trabajaron juntos, discutiendo y estudiando en árabe, como hoy se hace en inglés
Esta labor gozó de un amplio mecenazgo, que tuvo su máximo exponente en la fundación de la famosa Casa de la Ciencia o Bayt al-Hikma en Bagdad por el califa al-Mamún; el soberano puso a Ibn Ishaq al frente de los traductores. Con la traducción de obras en griego, persa y sánscrito, la medicina árabe se convirtió en la más informada y diversa del planeta en los albores del siglo X. Sabios paganos, cristianos, judíos, hindúes y muchos otros adoptaron el árabe como lengua científica. Es decir, médicos de distintas creencias trabajaron juntos, discutiendo y estudiando en árabe, como hoy se hace en inglés. Por esta razón hablamos aquí de «medicina árabe»: no nos referimos a una etnia «árabe», sino a una comunidad intelectual que compartió el idioma del Corán, convertido en lengua común de ciencia y cultura.
Este fenómeno también fructificó en al-Andalus, la España musulmana, durante el siglo X. Allí fue traducido un clásico, la Materia médica de Dioscórides, para el califa Abderramán III, en cuya corte figuró, como ya hemos dicho, Abulcasis, cirujano eminente cuyo Libro de la disposición (que bebía de la obra de un médico bizantino, Pablo de Egina) gozó de extraordinario prestigio. Córdoba, la capital de al-Andalus, rivalizaba con los nuevos centros de enseñanza islámicos del Mediterráneo: Cairuán, en Túnez; Fez, en Marruecos, y El Cairo, en Egipto.Conocemos más de un centenar de obras médicas árabes anteriores al año Mil; la transmisión del pasado era una realidad, y una ciencia propia empezaba a ver la luz.

La era de las enciclopedias

Gracias al prestigio del saber y a cierta libertad intelectual, durante el período de esplendor del califato abbasí de Bagdad –entre los siglos X y XI– la compilación de grandes obras sistemáticas fue el distintivo de sabios de talla universal, que ejercían la medicina junto a la filosofía, las ciencias y las tareas políticas.
De entre todos ellos brillaron tres. Uno es al-Razi (Rhazes para los latinos), iraní polifacético y experto farmacólogo, que vivió en la corte, dirigió el gran hospital de Bagdad y escribió casi doscientas obras. El segundo es al-Majusi, cuya compilación, el Libro total sobre el arte de la medicina, es una obra maestra por su equilibrio entre teoría y práctica. Sin embargo, este texto quedó oscurecido por la obra del tercer gran nombre de la época: Ibn Sina, al que conocemos como Avicena.
Su éxito se debe a su fuerza teórica y su esfuerzo de racionalización; para Avicena, sistemático y claro, la lógica es la base del diagnóstico
Este extraordinario filósofo ya era médico a los dieciocho años. En aquel entonces, la curación de un emir llevaba a dirigir un ministerio, como fue su caso. Escribió extensamente sobre todas las ciencias, y su Canon (o «norma») de medicina es una de las obras más célebres de la medicina de todos los tiempos. Su éxito se debe a su fuerza teórica y su esfuerzo de racionalización; para Avicena, sistemático y claro, la lógica es la base del diagnóstico.
En Occidente, la ciencia árabe brilló en la obra de dos famosos filósofos y médicos cordobeses del siglo XII: Averroes, ibn Rushd, cuya Kulliyat o Totalidad se convirtió en el Colliget de los latinos; y el judío Maimónides, Musa ibn Maimón, que llegó a ser médico personal del campeón musulmán de las cruzadas: Saladino, sultán de Egipto. Su caso no es único: la medicina judía brilló al implicarse con la dominación islámica; de hecho, el árabe fue la lengua de cultura judía durante toda la Edad Media.

Teoría y práctica

La base teórica de la medicina árabe no difiere esencialmente de la griega y romana. En su base se encuentra la medicina humoral, atribuida a Hipócrates –que vivió en el siglo IV a.C.–, la cual divide en cuatro los fluidos humanos básicos: sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra; la salud y la enfermedad dependen del equilibrio entre ellos. Así, quienes sufren exceso de bilis negra son personas tristes, diciéndose que tienen «humor negro», pues eso es lo que significa «melancólico» en griego. De igual modo, los temperamentos «sanguíneos», «flemáticos» y «coléricos» padecen algún desequilibrio de los otros humores. La salud se obtiene restableciendo el balance entre ellos con dietas y purgas; de ahí la importancia que en la medicina árabe tienen la higiene y la dieta.
Ammar ibn Alí desarrolló un método para diagnosticar las cataratas operables basado en la reacción de la pupila ante la luz
Pese al predominio de esta medicina «teórica» se desarrollaron terapias y observaciones anatómicas nuevas. En especial, destaca la oftalmología. La utilización de una jeringuilla hueca para succionar las «cataratas» constituye una notable innovación debida a Ammar ibn Alí , en el siglo X, quien desarrolló, además, un método para diagnosticar las cataratas operables basado en la reacción de la pupila ante la luz. Con todo, el mayor especialista en cirugía fue el andalusí Abulcasis, que empleó un instrumental variadísimo: tenazas, pinzas, trépanos, bisturíes, sondas, cauterios, lancetas o espéculos, cuyos dibujos ilustran su Libro de la disposición. Durante el siglo XVI, los cirujanos de Occidente seguían estudiando esta auténtica enciclopedia del saber médico, que otorga tanta importancia a las técnicas para combatir el dolor (con frío o con esponjas soporíferas) como a las suturas y los vendajes.
Mención aparte merecen los cirujanos prácticos o médicos empíricos, expertos en el tratamiento de inflamaciones y tumores, así como en la extracción de flechas y curación de heridas, fracturas y luxaciones. Por su parte, la farmacología y la toxicología evolucionaron con la alquimia, a la cual debemos los alambiques, el amoníaco y el alcohol, entre otras aportaciones.

El cuidado de los enfermos

Un trazo distintivo de la cultura islámica fue la construcción de centros de estudio, las madrasas, y de hospitales públicos, los bimaristanes, mantenidos por medio de donaciones, aunque no deben ser vistos como una novedad respecto del mundo cristiano o budista. Cada gran ciudad rivalizó para albergar ambas instituciones, entre las cuales hubo un tránsito constante de profesores y libros. Los hospitales permitían a los más pobres beneficiarse del saber de médicos tan notables como al-Razi, director del hospital de Bagdad. El bimaristán más conocido es el que el sultán al-Qalaun edificó en El Cairo, en 1285: podía atender a ocho mil enfermos en cuatro pabellones destinados a diferentes patologías y dispuestos alrededor de un patio climatizado con fuentes. Algunos de estos establecimientos siguen funcionando, como el bimaristán fundado por Nur al-Din en Damasco, en 1154. También había hospitales que acogían a enfermos mentales, algo desconocido en Occidente. En el siglo XII, el viajero judío Benjamín de Tudela describió el de Bagdad: «En él detienen a todos los dementes que se encuentran en la ciudad durante el verano, que han perdido la razón por el calor excesivo, sujetando a cado uno de ellos con cadenas de hierro; todo el tiempo que permanecen allí son alimentados por la casa real y cuando recobran la razón los despiden y cada cual vuelve a su casa y a su hogar. [...] Cada mes los interrogan los oficiales del rey para observar si algunos han recobrado la razón».
Los hospitales permitían a los más pobres beneficiarse del saber de médicos tan notables como al-Razi, director del hospital de Bagdad
Aunque la medicina árabe brilla por sí sola, en el Occidente cristiano sólo se supo de unos cuarenta textos sobre un millar de escritos médicos censados. Los últimos autores conocidos fueron los andalusíes Ibn Zuhr (Avenzoar), que mejoró la traqueotomía y descubrió la causa de la sarna y la pericarditis, y Averroes. Pero del gran botanista Ibn al-Baytar y del epidemiólogo Ibn al-Jatib (que dejó testimonio de la peste negra) ya nada se supo, aunque también eran andalusíes y vivían en la frontera misma de la Cristiandad. De ahí que sea exagerado pensar, como se había creído, que la medicina islámica se estancó después del siglo XIII; aún desconocemos muchísimos escritos tardíos.

Para saber más

El Renacimiento del Islam. Adam Mez. Universidad de Granada, 2002.
Médicos de Al-Ándalus. Cristina de la Puente. Nivola, Madrid, 2003.
El médico. Noah Gordon. Roca Bolsillo, Barcelona, 2013.
Medicina árabe

sábado, 9 de marzo de 2019

Al-Juarismi, el erudito persa que introdujo los números a Occidente

Fri 07 de September de 2018Conocer Más

Al-Juarismi, el erudito persa que introdujo los números a Occidente


Al-Juarismi nos heredó el álgebra y la palabra algoritmo. ¡Difícil negar que dejó su marca!




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Galileo, Newton, Einstein... apenas tres de los grandes de la ciencia occidental.

Pero como el mismo Newton escribió, citando al erudito del siglo XII Bernardo de Chartres, "Si he visto más lejos es porque estoy sentado sobre los hombros de gigantes".

Varios de esos gigantes sobre los que se sentaron y se siguen sentando los científicos, han quedado en un olvido relativo... aunque a veces, si nos fijamos con cuidado, los encontramos en las páginas de los gigantes conocidos.

Según los historiadores, el mayor legado del gran matemático italiano, Leonardo Pisano, más conocido como Fibonacci, fue ayudar a Europa a descartar el antiguo sistema de números romanos y cambiarlo por números indo-arábigos.

Aparecieron en su "Liber Abaci" o "Libro de cálculo", que escribió en 1202 tras estudiar con un maestro árabe.

En ese mismo libro, hay una referencia a un texto anterior llamado "Modum algebre et almuchabale" y en el margen está el nombre Maumeht, que es la versión latinizada del nombre, Mohammed.

Como Fibonacci, los eruditos europeos del siglo XII al XVII se refieren regularmente

a textos islámicos anteriores y nombres árabes aparecen en escritos sobre temas tan variados como óptica, medicina y cartografía.

La persona a la que se refiere es Abu Abdallah Muḥammad ibn Mūsā al-Jwārizmī, conocido en español como Al-Juarismi, quien vivió aproximadamente entre los años 780 y 850.

Fue gracias a él que los intelectuales europeos se enteraron de la existencia de los números indo-arábigos.
De los indios a Medio Oriente, de Bagdad a Europa

La obra de Al-Juarismi toca un aspecto crucial de todas nuestras vidas.

Por ella, el mundo europeo se dio cuenta de que su forma de hacer aritmética, que todavía se basaba esencialmente en números romanos, era irremediablemente ineficiente y francamente torpe.


Si te pidiera que multiplicaras 123 por 11, podrías hacerlo hasta en tu cabeza. La respuesta es 1.353.

Pero intenta hacerlo con números romanos: tienes que multiplicar CXXIII por XI.

Se puede hacer pero, créeme, no es divertido. Ni siquiera sumar y restar es igual de fácil pero, ¿notaste que estas ecuaciones son incorrectas? Si quitas sólo un fósforo las corregirás (respuestas al final).

En su "Libro de la suma y de la resta, según el cálculo indio", Al-Juarismi describió una idea revolucionaria: se puede representar cualquier número que desee con solo 10 sencillos símbolos.

Esta idea de usar solo diez símbolos -los dígitos del 1 al 9 más un símbolo 0- para representar todos los números desde uno hasta el infinito, fue desarrollada por matemáticos indios alrededor del siglo VI y es difícil exagerar su importancia.Así fueron cambiando, de derecha a izquierda.
Punto y aparte

Al-Juarismi y sus colegas hicieron más que traducir el sistema indio al árabe: crearon el punto decimal.

Lo sabemos gracias a la obra del matemático Abu'l Hasan Ahmad ibn Ibrahim Al-Uqlidisi.


En "Kitab al-fusul fi al-hisab al-Hindi" de los años 952-3 -el manuscrito más antiguo en el que se propone un tratamiento de las fracciones decimales, escrito apenas un siglo después de Al-Juarismi- muestra que el mismo sistema decimal se puede extender para describir no solo los números enteros sino también las fracciones.

La idea del punto decimal nos resulta tan familiar, que es difícil entender cómo antes se las arreglaban sin ella.

Como toda gran ciencia, es deslumbrantemente obvio después de haber sido descubierto. El cero y el punto decimal nos llevaron al infinito. Un gran ejemplo es el número de Euler, uno de los más importantes en matemáticas. Actualmente se calcula con más de 1 billón de dígitos de precisión, se conoce principalmente como la base de los logaritmos naturales y para su uso en el cálculo del interés compuesto.

¿Quién era Al-Juarismi?

Al-Juarismi, el gran matemático que le dio a Occidente los números y el sistema decimal, era además astrónomo, cortesano y favorito del Califa al-Mam'un.

Era un emigrante de Persia oriental a Bagdad y producto de su época, la Edad de Oro del islam.


Su manera de pensar era audaz y gozaba de un gran un lujo: estaba rodeado de libros. Como todas las grandes figuras del imperio islámico, Al-Juarismi vivió en una cultura sin retratos. Las poquísimas imágenes que tenemos son impresiones posteriores de cómo podría haber sido.

Gracias al Movimiento de la traducción, que recogió obras científicas de todo el mundo conocido, a fines del siglo IX, un importante corpus matemático griego -que incluía obras de Euclides, Arquímedes, Apolonio de Perga, Tolomeo y Diofanto- había sido traducido al árabe.

Del mismo modo, las matemáticas antiguas babilónicas e indias, así como las contribuciones más recientes de los sabios judíos, estaban disponibles para los estudiosos islámicos.

Al-Juarismi se encontraba en la sorprendente posición de tener acceso a diferentes tradiciones matemáticas.

La griega trataba principalmente de la geometría, la ciencia de formas como triángulos, círculos y polígonos, y cómo calcular el área y el volumen.

La india había inventado el sistema decimal de diez símbolos que hacía el cálculo mucho más simple.

Al combinar la intuición geométrica con precisión aritmética, imágenes griegas y símbolos indios, inspiró una nueva forma de pensamiento matemático que hoy llamamos álgebra.Al-Juarismi le dio el nombre y contenido a Algebra.
Al-Jabr

En el libro de Al-Juarismi "Al-Jabr w'al-Muqabala" es la primera vez que aparece la palabra Al-Jabr. Álgebra.

Empieza diciendo: "Descubrí que las personas requieren tres tipos de números: unidades, raíces y cuadrados".

Así te prepara para un libro sobre cómo resolver ecuaciones mediante métodos algebraicos.

Ya en los tiempos de Babilonia se resolvían ecuaciones cuadráticas.

La diferencia es que no había fórmulas, sino que cada problema se resolvía como único: "Toma la mitad de 10, que es 5, y el cuadrado, que es 25"; y más adelante, otro diría: "Toma la mitad de 12, que es 6, y el cuadrado, que es 36".

Así sucesivamente, te hacían pasar por el mismo proceso una y otra vez con diferentes números, según el caso. Las fórmulas liberan pues ofrecen una manera solucionar el mismo tipo de problemas sin tener que repensarlos desde el principio cada vez.

Para Al-Juarismi, la solución no se eran números que debíamos descubrir, sino un proceso que pudiéramos aplicar.

Es decir: el cuadrado significa tomar la raíz y multiplicarla por sí misma. Y esa fórmula es cierta, cualquiera que sea la raíz. Si es 5, es 5 veces 5, es 25; si es 3, es 3 veces 3...

No usar números sino símbolos resultó ser una idea increíblemente liberadora, pues permite resolver problemas sin atascarse en cálculos numéricos desordenados.

Algoritmi de número Indorum

Al abandonar temporalmente el enlace con números específicos, manipulas los nuevos objetos (x, y, z) de acuerdo a las reglas que su libro explicó: una serie de recetas generales.

Los números que los símbolos representan en tu problema particular aparecerán milagrosamente al final.

Piensa en algo sencillo y cotidiano, que era lo que Al-Juarismi quería ayudar a resolver:

Ahmed muere y deja 80 monedas de herencia. A un amigo le deja un cuarto de ella; a su viuda, un octavo; lo demás es para sus tres hijos. ¿Cuánto le corresponde a cada uno de ellos?

Al Juarismi hizo que lo desconocido fuera parte de la ecuación: lo que llamamos X en algebra. Entonces:

El tratado escrito por Al-Juarismi circa 825 sobre el sistema numérico indio-árabe fue traducido en el siglo XII con el nombre "Algoritmi de numero Indorum", que significa "Algoritmi sobre los números de los indios"; "Algoritmi" fue la latinización del traductor del nombre Al-Juarismi.

En él nos dio esas recetas que, debido a esa traducción de su nombre, terminaron llamándose algoritmos.

Al-Juarismi hizo posible que el álgebra existiera como un área de las matemáticas por derecho propio, y que se convirtiera en un hilo unificador de casi todas las demás.

El álgebra es una hermosa serie general de principios, y si los comprendes, la entenderás.
¿Cuál es la verdadera importancia del álgebra?

Se ha utilizado a lo largo de las eras para resolver todo tipo de problemas.

Si la masa de una bala de cañón es ​​'m', y la distancia que tiene que viajar, 'd', usas álgebra para calcular el ángulo óptimo en el que tienes que apuntar tu cañón.

Ese tipo de conocimiento gana guerras.

O llamemos a la velocidad de la luz 'c', el cambio en la masa de un núcleo atómico 'm', y luego calculemos la energía liberada con esta sencilla fórmula algebraica:La ecuación más famosa, la equivalencia entre la masa y la energía dada por la expresión de la teoría de la relatividad.

Ese tipo de conocimiento es el poder real.

BBC

domingo, 3 de marzo de 2019

Averroes, un musulmán que fue guía de cristianos

Fri 01 de March de 2019Conocer Más




La crítica coincide en afirmar que Averroes fue el más importante de los filósofos musulmanes de la Edad Media.



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El consenso de los expertos resulta significativo, pero aún más elocuentes son los elogios que dedicaron al sabio cordobés, a pesar de que no profesaran su misma fe, los grandes pensadores cristianos medievales, quienes acudieron a él para dar un sentido religioso a la filosofía aristotélica, vista como el canon formal perfecto para trenzar una explicación consistente del mundo. En los escritos de esos pensadores, si Aristóteles era «el Filósofo» por antonomasia, Averroes fue llamado «el Comentarista», y tal apelativo incluía la connotación de maestro en el arte de entender unos textos no siempre diáfanos, que a menudo se prestaban a la discrepancia interpretativa. Por ello resulta injusto que el griego, sin menosprecio de sus méritos, figure como gran inspirador de tres centurias de la filosofía occidental (siglos XIII-XVI) sin que se atienda debidamente a la significación histórica e intelectual del andalusí. El cual, por cierto, no fue una rara avis de la cultura musulmana de su época, sino la cima de una brillante tradición especulativa que ya había tenido ilustres predecesores en la revisión del pensamiento aristotélico; el mérito de Averroes consistió en superarlos a todos en hondura conceptual.

El propósito declarado del sabio cordobés fue mostrar que la filosofía y la religión no son dos caminos paralelos y, por ello, jamás confluentes, que planteen a la inteligencia humana el reto de enfrentarse a dos versiones igualmente bien fundadas de la realidad. Para Averroes, razón y fe conducían a la misma verdad; de hecho, el camino es el mismo, pero cambia el vehículo, el lenguaje, puesto que la expresión filosófica solo es apta para los versados en la materia, mientras que el texto que transmite la revelación (el Corán, libro sagrado de los musulmanes), pensado para su aprovechamiento por toda clase de mentes, había sido compuesto en un estilo mucho más sencillo, rayano en la oralidad. A este mensaje de síntesis consagró su vida, y para sustentarlo con argumentos fundados desplegó una actividad inusitada en distintos campos del saber.


Esa intención básica de Averroes, la de mostrar la coincidencia final entre fe y razón, religión y filosofía, fue pionera de una aspiración compartida por otros muchos pensadores y simples creyentes de buena fe —de entonces y de hoy, y de esta o de aquella religión— para los cuales no era ni es posible renunciar a una visión de la realidad tamizada por los avances de las ciencias y la técnica, con las subsiguientes repercusiones en los terrenos de la vida social y la moral individual. El andalusí demostró que una creencia sincera no tiene por qué despreciar los instrumentos racionales de que está dotado el ser humano, pues rechazarlos sería despreciar a la divinidad que voluntariamente otorgó a la especie esos atributos intelectuales. Por tanto, cae en el absurdo quien reniega de los conocimientos provistos por el entendimiento y la razón, aunque obliguen a meditar sobre la fe y a realizar un continuado esfuerzo de clarificación y depuración de la misma.

Frente a las interpretaciones oscurantistas de la religión (las ha habido en todas las épocas y en todos los credos), el filósofo cordobés encumbró la razón humana como fuente de conocimiento y vía de corroboración final del mensaje revelado. Por supuesto, esta posición no fue del agrado de muchos dirigentes espirituales y seculares de su tiempo, en un régimen —el califato almohade— que había nacido precisamente para asegurar la pureza de una interpretación integrista del islam. Así que Averroes sufrió incomprensión, interpretaciones capciosas, acusaciones de ateísmo e incluso la persecución física, que le supuso el destierro. Por suerte, su prestigio era tan elevado que a nadie se le ocurrió la posibilidad de entregarlo al verdugo (no tuvieron tanta suerte otros sabios a lo largo de la historia, como Miguel Servet o Giordano Bruno, ambos ejecutados en la hoguera en el siglo XVI).

Quizá fuera más significativo de ese trabajo de anuencia entre los dos caminos de la verdad, la ciencia (filosofía) y la Ley (religión), que Averroes asumió el esfuerzo por amor a las creencias de sus mayores. He ahí el verdadero sentido de su labor: la adaptación práctica de la doctrina aristotélica a la idiosincrasia y las necesidades de una sociedad eminentemente religiosa.

En la realización de esa tarea, el cordobés dejó constancia de unos principios morales que muchos admirarán: sed de saber insaciable, desapego por los honores mundanos y modelo de responsabilidad civil. Su figura representa el ejemplo de una interpretación desapasionada y, sobre todo, libre de prejuicios del islam. Por ejemplo, con un mensaje de defensa de la capacidad intelectual y los derechos de la mujer que sonrojaría a los actuales defensores del patriarcalismo (musulmanes o no musulmanes). Su obra representa un ejemplo de respeto y aprecio por la estirpe humana, cabalmente demostrado tanto en el desempeño de cargos públicos como en la fruición con que asumió el estudio de todas las ciencias por las que se interesó su espíritu sediento de conocimientos.


También se ha hablado del Averroes «tolerante», aunque este punto sí requiere alguna aclaración. Desde luego, nunca tuvo reparo en acercarse a otras tradiciones culturales ni se le conocen escritos —y no fueron pocas las páginas que legó a la posteridad— en los que atacara a ninguna creencia. Pero sí defendió la guerra santa, del mismo modo que los reinos cristianos del norte de la península Ibérica pidieron al Papa la declaración de cruzada para sus campañas de expansión territorial. Creía en la bondad de un régimen político inspirado por los principios del islam y estaba dispuesto a defenderlo, aunque siempre desde un estricto rigor ético, tanto en la paz como en la guerra.

Junto a las virtudes del personaje, no pueden olvidarse los méritos puramente filosóficos de Averroes. Su significación para la historia del pensamiento occidental es incuestionable. Aristóteles entró en las universidades europeas de la Baja Edad Media de la mano —o más propiamente, de la letra— del sabio cordobés, gracias a las traducciones al latín de sus numerosos comentarios a las obras del filósofo griego. Alberto Magno, Tomás de Aquino (aun siendo su crítico) y Marsilio de Padua son tres brillantes ejemplos de filósofos cristianos medievales que basaron su reflexión en la obra del cordobés, y Giordano Bruno y Giovanni Pico della Mirandola testificaron el resurgir de sus ideas durante el Renacimiento.

[…]

En suma, Averroes fue un personaje impactante para su época, célebre por igual entre las clases populares, los intelectuales y las altas esferas del poder almohade, a tenor de la eminencia de su pensamiento y por la brillantez con que lo puso en práctica en el desempeño de sus cargos. Por supuesto, nunca en la historia se dan estos casos como ejemplos de excepcionalidad: el hombre y su obra fueron producto de una sociedad, la andalusí, que había alcanzado un destacado nivel de progreso material, acompañado por los avances de las artes, las ciencias y las letras. En tal sentido, Averroes fue punta de lanza intelectual de las virtudes de aquel colectivo humano donde también anidaban males como el fanatismo religioso y la corrupción política, factores de desestabilización a los que se sumaba la inquietud suscitada por los avances militares de los reinos cristianos del norte de la península Ibérica. El sabio cordobés contribuyó a engrandecer los méritos de al-Ándalus, además de combatir sus vicios, y lo hizo cálamo en mano (el arma de los filósofos), legando páginas y páginas que aún tienen capacidad para mover a la reflexión a las conciencias contemporáneas.

Culturamas

jueves, 7 de febrero de 2019

«El califato Omeya fue la formación política más potente desde el Imperio romano»


LIBROS

«El califato Omeya fue la formación política más potente desde el Imperio romano»

Eduardo Manzano Moreno en «La Corte del Califa» se zambulle en la época de al-Hakam II, la más rica y desconocida de la Córdoba andalusí. Una crónica que protagoniza el secretario personal del íder musulmán entre los años 971 y 975



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En una época en la que la orientación política influye a la hora de enfocar una investigación histórica, hallar a expertos como el profesor del CSIC Eduardo Manzano Moreno es algo más que una leve brisa de aire fresco. Supone abrir de par en par las ventanas de un edificio clausurado durante años. Según este estudioso de al-Ándalus, el pasado no se debe utilizar para forjar eslóganes fáciles. Para él, los académicos deben analizarlo con mimo y entenderlo sin caer en tópicos. La labor parece sencilla, pero en ocasiones supone enfrentarse a las tendencias sociales. En todo caso, esta premisa es la que ha seguido para dar forma a su última obra: La corte del califa (Crítica, 2019). Un libro concienzudo que analiza la Córdoba Omeya usando como base una crónica del secretario personal de al-Hakam II, el líder político que convirtió el califato fundado por Abderramán III en la «formación política más potente de la Península desde el Imperio romano».
-¿Qué implicaba el paso de un emirato a un califato en Córdoba?
-Que Abderramán III se nombrase califa en Córdoba implicaba que, al menos desde el punto de vista teórico, se convertía en el jefe de toda la comunidad musulmana (desde al-Ándalus a Asia central). Aunque la realidad es que lo hizo, entre otras tantas causas, en respuesta al nacimiento del califato fatimí.


-¿Cómo pudo tener el apoyo suficiente para ello?
-Durante el califato los habitantes de al-Ándalus estaban muy islamizados y arabizados. Al haber pasado doscientos años desde la entrada de los musulmanes en el 711, la sociedad era mucho más homogénea. Eso permitió a los Omeya tener muchos apoyos.


-¿Ha sido idealizado el esplendor del califato Omeya?
-El califato Omeya, sin ningún género de dudas, fue la formación política más potente que hubo en la Península Ibérica desde la época del Imperio romano. Fue el resultado de un largo proceso que se inició en el año 711 y que generó una comunidad muy distinta a la que había. Entre otros avances, era una sociedad mucho más urbana en la que las ciudades empezaron a experimentar un crecimiento excepcional.
-¿Cuál fue la evolución con la que no pudieron competir los reinos cristianos?
-A nivel económico se centralizaban los impuestos en Córdoba. No ocurría como en el caso cristiano, donde había un modelo feudal en el que estaban fragmentados. Así se forjó un Estado bien organizado, con funciones muy definidas y en el que los recursos se redistribuían entre la gente. Esto generó un efecto cascada que favoreció el crecimiento y que, en la actualidad, explica cómo el califato de Córdoba pudo existir durante casi cien años. El califato centralizaba cada año cinco millones de dinares a través de los impuestos. Era una cantidad gigantesca que permitía acometer mejores en las ciudades, mantener un gran ejército, tener al servicio (y ser mecenas) de poetas y sabios… Cuando al-Ándalus se disgregó, el sistema era tan perfecto que cada uno de los reinos de taifas resultantes se convirtió en una pequeña Córdoba desde el punto de vista organizativo.
-¿Eran el cristiano y el musulmán dos mundos extremadamente divididos?
-Las relaciones entre ambos no fueron blancas o negras. Hubo enfrentamientos y periodos de paz. A veces no somos conscientes de las magnitudes temporales, pero fueron cien años de califato. En ese tiempo, al-Hakam II tuvo buenas relaciones comerciales con el Condado de Barcelona, mientras que Almanzor destruyó la ciudad en una gran campaña de saqueo.

«La cultura andalusí estaba a años luz de la cristiana gracias a su centralización de los impuestos»

-¿Es real el mito de la perfecta convivencia de las tres culturas en la Córdoba califal?
-Lo primero que debemos dejar claro es que el modelo político y social existente en la época de la Córdoba califal no puede ser exportado a las sociedades actuales bajo ningún concepto. Era un Estado en el que (entre otras cosas) había esclavitud y las mujeres tenían un papel muy limitado. Pero lo que tampoco podemos hacer es negar la existencia del período andalusí ni su importancia. No debemos, como pretenden algunos, cerrar los ojos ante el legado que nos ha dejado e ignorarlo basándonos en que nuestra identidad es diferente a la suya. Todo lo contrario. En una sociedad avanzada y democrática como la nuestra tenemos la necesidad y la obligación de conocer nuestro pasado común en lugar de despreciarlo e ignorarlo. Al-Ándalus, en definitiva, no es un período ajeno. Dicho esto, la realidad es que en Córdoba se produjo un contacto entre las tres culturas. Había eminentes intelectuales judíos que alababan la importancia de la sociedad musulmana y que tradujeron los Salmos al árabe. Lengua, por cierto, que también hablaban los obispos que vivían dentro del califato. Otro ejemplo es que muchos musulmanes celebraban la Navidad con los cristianos, a pesar de que provocaba críticas. Todo esto demuestra que no podemos dejarnos llevar por eslóganes o ideas preconcebidas, sino que tenemos que acercarnos a este período con la mente abierta y sin prejuicios.
-¿Se ha mitificado el desarrollo de la cultura árabe en detrimento de la cristiana?
-La cultura andalusí estaba a años luz de la cristiana. Eso es una realidad, no un tópico. El desarrollo económico, social y político de al-Ándalus era mucho mayor. Pero la razón fue, precisamente, la centralización de recursos y la inversión en los diferentes estratos sociales. Tampoco es verdad que al-Ándalus y la cultura árabe desaparecieran de la Península después del siglo XI.
-Y, a pesar de su importancia, es uno de los períodos menos documentados...
-El tiempo de máximo esplendor del califato Omeya (el de al-Hakam II) es uno de los menos conocidos. La razón es que no mandó grandes campañas como Almanzor, sino que apostó por la vía diplomática con los cristianos. Y la guerra siempre se documentada mejor. La fuente básica para entender su reinado es el Muqtabis, una crónica escrita en el siglo XI por un musulmán que decidió recopilar toda la historia de al-Ándalus. Para explicar el período este autor copió, a su vez, un manuscrito de 130 folios escritos por el secretario del propio califa durante casi cuatro años (de junio del año 971 a julio del 975). Mi libro se basa en sus documentos.

«Tenemos la obligación de conocer nuestro pasado común en lugar de despreciarlo e ignorarlo»

-¿Fueron estos cuatros años el momento de máximo esplendor del califato?
-Fueron un momento álgido. El califa había vencido a los fatimíes en el norte de África, Medina Azahara estaba a pleno rendimiento, se había terminado la ampliación de la Mezquita de Córdoba y las fronteras con los cristianos estaban bien protegidas.
-¿Cómo era, según el manuscrito original, al-Hakam II?
-Era un hombre extremadamente culto que conocía a la perfección la tradición árabe, que estaba enamorado de las construcciones y que estaba interesado en el bienestar de sus súbditos. Pero también era un líder atormentado porque sabía que el complejo edificio que era el califato podía derrumbarse en cualquier momento. Estaba especialmente preocupado por el problema sucesorio. Sabía que su salud era frágil y que, si moría, su hijo no tendría la mayoría de edad necesaria por ley para ser nombrado califa. Cuando falleció, en el año 976, le sucedió, pero era tan joven que su posición quedó debilitada y el poder se trasladó a la corte.
-¿Ayudó este problema a provocar la caída del califato en el año 1031?
-Sí. Cayó por todas las contradicciones internas. Era una construcción muy potente, pero que necesitaba muchos recursos para sobrevivir. Eso implicaba una gran presión fiscal. También se produjo desde cierto descontento social, hasta varios enfrentamientos políticos. Todo ello derivó en una guerra civil que puso fin al califato, aunque no el modelo social que se replicó en todo al-Ándalus.


sábado, 5 de enero de 2019

Los aportes del Islam a la ciencia: Literatura

Thu 03 de January de 2019Conocer Más

Los aportes del Islam a la ciencia: Literatura


Probablemente uno de los logros más notables de la mente musulmana fue su contribución al pensamiento filosófico.



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En comparación, la influencia sobre la literatura fue menos espectacular. Sin embargo, en una cierta esfera desempeñó un papel decisivo.

Hay que considerar el nacimiento de la poesía lírica moderna en Europa; esto se puede fijar con bastante precisión con respecto al tiempo y al lugar. Apareciendo casi simultaneamente en España y Francia, a principios del siglo XII, luego se extendió a Italia y al resto de Europa. Los romances españoles y las trovas provenzales son sus primeras formas de expresión. El renacimiento de la literatura en los paises de Languedoc supera los limites de la historia literaria. Marca el punto decisivo en la civilización del occidente.
“Sería imposible exagerar el valor creativo e inspirado de la poesía provenzal, tanto en el mundo del sentimiento como en el de las artes”, es la poesía moderna, quizás más aún que la poesía latina. Sin ella, no hay ninguna explicación para la poesía italiana ni para la española, ni para los trovadores alemanes y, desde luego, mucho menos para la poesía cortesana del norte de Francia. Pero, ¿Qué es exactamente la canción de los trovadores?.

El trabajo de Julien y de Ramón Menéndez Pidal, y los estudios de R. Nycle, muestra sin duda alguna, que la poesía de los trovadores, con sus grandes cambios en el modo de pensar y de sentir de occidente deriva directamente de la poesía popular islámica-andaluza.

Las últimas investigaciones de la Nueva Escuela Española de Historia, han establecido entre la poesía lírica andaluza, cuyos primeros ejemplos aparecieron a finales del siglo IX, y la poesía lírica provenzal, unos paralelos tan claros y una analogía tan obvia, que es imposible explicarlas sin admitir la influencia decisiva de una sobre otra.

Esta forma de poesía apareció en Andalucia en el siglo IX, en el popular “Zerjel”. Esto representa uno de los más atractivos resultados de la fusión de dos civilizaciones, la islámica y el romance.

El notable trabajo de Asím Palacios sobre el origen musulman de la Divina Comedia, ha demostrado la influencia que ejerció sobre Dante el gran místico Muhy Addin Ibn Arabi, y el poeta ciego Abul Ala Al Maari. La novela filosófica de Ibn Tufayl “Hay Ibn Yakzan” ( El viviente, hijo del vigilante), traducida al latín por Edward Pococke el Joven, en 1671, y después a la mayoria de las lenguas europeas, inspiró a Daniel Defoe y le sirvió como modelo para su obra “Robinson Crusoe”.

Ibn Hazm, una de las mentes mas brillantes de la España musulmana ejercio una influencia constante sobre la literatura occidental. Fue un escritor muy prolífico, escribió varias fabulas, cuentos y apologías que, a partir del siglo XIII, se extendieron por toda Europa.

La obra “Don Quijote”, de Cervantes, esta profundamente imbuída del espíritu musulmán. Se puede concluir diciendo como hace Philip Hitti que: “En general, la contribución islámica más valiosa a la literatura de Europa medieval fue su influencia sobre la forma, gracias a la cual la imaginación occidental pudo liberarse de las reglas impuestas por la tradición”.
Pero no se puede cerrar este capítulo sobre la literatura musulmana sin mencionar la poesía persa, que es su máximo oramento. Ciertamente no contribuye de una forma directa a la evolución del pensamiento occidental, ni al refinamiento de la sensibilidad occidental, pero por su maravilloso colorido, por su delicado lirísmo, suntuoso y sutíl al mismo tiempo, y por su gracia sobrena, se ha ganado la admiración del mundo entero.
Goethe, hablando con el canciller Von Mnelle, dijo una vez: “A lo largo de 5 siglos los persas tuvieron solamente 7 poetas que ellos consideraron como verdaderos maestros, pero incluso entre que aquellos que rechazaron, los había mejores que yo”.

Hafiz fue el primer poeta persa que consiguió verdadera fama en Europa. Fue el orientalista alemán Von Hammer-Purgstall quien tuvo el honor de introducir al maestro de los “ghazels” (poemas líricos) a los lectores occidentales. Su traducción de toda la colección de poemas de Hafiz apareció en el año 1812-1813.

La verdad es que, al principio, sólo trajo la atención de un limitado círculo de literatos. Pero fue completamente diferente cuando Goethe publicó su colección de poemas llamados “ West-Ostlicher Diwan”, en 1819.

La colección de poemas de Hafiz, fue traducida de manera parcial o en su totalidad a todas las lenguas europeas. Pero la fama de Hafiz, como la de todos los demás poetas de oriente y occidente fue superada por el renombre mundial de Omar Khayyam. El es verdaderamente, uno de los poetas más leídos en los dos hemisferios.

Existen por lo menos doce traducciones del “Rubayat” en francés, así como varias en inglés, alemán, ruso, italiano, español, danés, húngaro y turco.

Se puede hablar, con razón de un verdadero culto al poeta en los paises anglosajones. El club de Omar Khayyam se fundó en Londres en el año 1892 y dio origen a una multitud de instituciones similares.

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